Una investigación en los manglares urbanos del municipio de Turbo encontró que estos crustáceos asimilan cantidades de microplásticos en su alimentación. Dividen las partículas, lo cual no elimina el plástico, sino que genera fragmentos más pequeños que circulan en el ecosistema. ¿Cuál es el impacto de los microplásticos en las cadenas tróficas y el funcionamiento de los manglares?
El mar Caribe alcanza su punto más al sur en el golfo de Urabá, al noroccidente de Colombia. Allí, el río Atrato, después de recorrer buena parte del departamento del Chocó, desde las estribaciones de la cordillera occidental, se abre en decenas de brazos antes de encontrarse con el mar. En ese último tramo crea un amplio delta de caños, islas y humedales moldeado por los sedimentos que arrastra desde las montañas.
En ese borde entre el río y el mar, extensos bosques de manglar amortiguan el intenso oleaje, retienen sedimentos y sirven de refugio para peces, crustáceos y aves. Entre ese laberinto de raíces no solo se enredan ramas y hojas, también botellas, bolsas, envases de poliestireno expandido (icopor) y fragmentos de plástico que llegan con el río, los botan desde las ciudades o son devueltos por las corrientes marinas.

los cangrejos violinistas crecen entre los restos de lodo que se forma después de que el río Atrato llega a su desembocadura en el golfo de Urabá. Foto: cortesía José Riascos.

En las playas de Turbo, en el golfo de Urabá, se acumulan las basuras que llegan desde los pueblos cercanos, el río Atrato y el mar Caribe. Foto: cortesía José Riascos
Cuando baja la marea, tanto el barro como el plástico empiezan a llenarse de movimiento. De pequeños agujeros salen cientos de cangrejos violinistas (Minuca vocator) de apenas tres centímetros de talla y tres gramos de peso en promedio. Caminan de lado entre las raíces, remueven el sedimento con sus pequeñas pinzas y, en el caso de los machos, levantan una pinza desproporcionadamente grande para atraer a las hembras o advertir a otros machos.
Cada día, estos pequeños crustáceos procesan grandes cantidades de lodo mientras buscan alimento y construyen sus madrigueras. Al remover el sedimento, favorecen la entrada de oxígeno, aceleran el reciclaje de nutrientes y modifican las condiciones físicas y químicas del manglar. Por esa capacidad de transformar el ecosistema y crear las condiciones para que prosperen otras especies, los cangrejos violinistas son considerados «ingenieros ecosistémicos», una función comparable a la que desempeñan las lombrices en los suelos terrestres.

Los cangrejos violinistas son muy pequeños. En la foto, un macho, que tiene una tenaza más grande para pelear por las hembras con otros machos. Foto: cortesía José Riascos.
Fue siguiendo el rastro de estos pequeños crustáceos que tres investigadores del Instituto de Ciencias del Mar de la Universidad de Antioquia comenzaron a hacerse preguntas. Si los plásticos llevan años acumulándose entre los manglares, ¿qué ocurre con un animal que pasa buena parte del día removiendo, filtrando e ingiriendo ese mismo sedimento? ¿Cómo estos cangrejos sobreviven y prosperan en ambientes altamente contaminados sin evidencias claras de afectación?
Nos imaginábamos que estos cangrejos tenían unos mecanismos para evitar el plástico gracias a su morfología. La primera sorpresa fue que no evitan el plástico, lo ingieren en grandes cantidades”
El experimento en el manglar
Las aguas turbias del río Atrato, que desemboca en el mar Caribe, inspiraron el nombre de Turbo, el municipio con la mayor extensión de costa sobre el golfo de Urabá. Con más de 3000 kilómetros cuadrados, casi el doble del área de Bogotá, alberga una población cercana a las 130 000 personas y es el municipio más grande del departamento de Antioquia.

El seguimiento a los cangrejos se dio durante 66 días, en los que los científicos revisaban los desechos dejados por los animales. Foto: cortesía Daniela Díaz
El muelle turístico Pisisí forma parte del manglar urbano de Turbo, que es uno de los principales puntos de acumulación de residuos plásticos en el golfo. En ese punto, el profesor José Riascos, la profesora Lina Zapata y la entonces estudiante Daniela Díaz diseñaron un experimento para entender, primero, cómo es que los cangrejos violinistas estaban evitando el plástico en su alimentación.
“Este es el animal que más nos llamó la atención porque evolutivamente es el organismo más especializado, pero eso no quiere decir que sea el único que está ahí. Nos imaginábamos que estos cangrejos tenían unos mecanismos para evitar el plástico gracias a su morfología. La primera sorpresa fue que no evitan el plástico, lo ingieren en grandes cantidades”, explica José Riascos, profesor de ecología marina e investigador asociado de la Corporación Centro de Excelencia en Ciencias Marinas (CEMarin).
Los cangrejos violinistas se alimentan recogiendo sedimentos con sus pinzas para extraer la materia orgánica y los microorganismos que contienen, devolviendo el resto al suelo en forma de diminutas bolas de barro.
En la investigación publicada en la revista Global Change Biology, los investigadores buscaron responder tres preguntas: cuánto plástico incorporan los cangrejos violinistas mientras se alimentan en condiciones naturales, cómo se distribuyen esas partículas dentro de su organismo y si se fragmentan en partículas más pequeñas al pasar por su cuerpo.

Los científicos construyeron mini parcelas para hacer el seguimiento de cómo los cangrejos trituran los desechos. Foto: cortesía Daniela Díaz
Durante 66 días, los investigadores establecieron unas parcelas en los manglares y dispusieron allí microesferas fluorescentes de polietileno, el tipo de plástico más abundante entre los microplásticos que se encuentran en los océanos. La dimensión de las mismas fue seleccionada con base en el tamaño de las partículas del sedimento más grandes y más pequeñas que ingieren los cangrejos violinistas. Ninguna supera el grosor de un cabello humano.
El primer resultado confirmó que los cangrejos incorporaron grandes cantidades de microplásticos mientras se alimentaban. Al obtener su alimento filtrando la materia orgánica contenida en el sedimento, ingieren también las partículas plásticas acumuladas entre el lodo. La mayoría de los individuos estudiados, 91 de 95, incorporaron las microesferas.
La cantidad de microplásticos presentes en cada individuo fue, en promedio, más de 13 veces superior a la densidad de partículas disponible en el sedimento superficial. El descubrimiento más importante, sin embargo, apareció al observar las partículas en el interior de los cangrejos. Cerca del 15 % de las microesferas aparecían fracturadas.

Un trozo de icopor encontrado en los manglares de Turbo. Los científicos creen que fue intervenido por los cangrejos violinistas, pero no hay certeza absoluta. Foto: cortesía José Riascos
“La teoría, hasta ahora, dice que los plásticos en el ambiente se degradan en décadas o siglos, y que los medios por los cuales sucede son factores ambientales, no biológicos. Con esta investigación estamos demostrando que este mecanismo de fragmentación del plástico ocurre en cuestión de días”, afirma el profesor Riascos.
La degradación es el proceso completo mediante el cual un material se transforma desde que entra al ambiente hasta descomponerse en sus componentes básicos. La fragmentación corresponde a una de las primeras etapas de ese proceso: el plástico se rompe en pedazos cada vez más pequeños, pero sigue siendo plástico.
De acuerdo con Riascos, “los cangrejos violinistas son decápodos: en su sistema digestivo tienen unos estómagos que tienen unas estructuras duras a las que la gente le llama coloquialmente dientes. Una vez ingieren material orgánico, lo procesan, de alguna forma lo muelen. Lo más probable es que ahí fragmenten el plástico”.
La investigación no pudo determinar con certeza en qué parte del organismo de los cangrejos es fragmentado el plástico, pero dejó abierta una posibilidad que aún requiere confirmación: que bacterias presentes en el hepatopáncreas de los violinistas pueden contribuir a la degradación del plástico mediante procesos bioquímicos.
Otra cara de la fragmentación
A primera vista, el hallazgo de la investigación parece contradictorio. Los manglares urbanos de Turbo son uno de los ambientes más contaminados por residuos plásticos del golfo de Urabá. Sin embargo, los cangrejos violinistas no solo sobreviven, sino que allí sus poblaciones prosperan.
La bióloga Lina Zapata propone que la ingesta de plásticos por parte de los cangrejos es un asunto accidental, no intencional, al confundir las partículas de microplásticos con el sedimento. En relación con posibles afectaciones a la salud de los violinistas por la incorporación de estos contaminantes, explica que habría que hacer estudios adicionales.
Estudios previos realizados por el profesor Riascos encontraron que los individuos que habitan los manglares urbanos alcanzan mayores tamaños corporales, presentan una buena condición física y las hembras mantienen una vida reproductiva más prolongada que las poblaciones estudiadas en manglares menos intervenidos.

Cientos de cangrejos violinistas salen cada día a buscar alimento entre los lodazales que se forman en las playas de Turbo. Foto: cortesía José Riascos
La urbanización aporta constantemente materia orgánica a los manglares a través de aguas residuales y otros desechos. Riascos piensa que las buenas condiciones de los cangrejos se deben a la eutrofización, que tiene que ver con una sobreoferta de nutrientes y material orgánico, y que los plásticos no los afectan en gran medida.

Las raíces de los manglares amortiguan el oleaje, estabilizan la línea costera, almacenan grandes cantidades de carbono y sirven de refugio para los animales. Foto: cortesía Daniela Díaz
Aunque fragmentar el plástico podría parecer una buena noticia, los investigadores explican que significa exactamente lo contrario. La fragmentación no elimina el plástico, lo convierte en partículas cada vez más pequeñas. Esas partículas diminutas pueden permanecer en el ambiente, atravesar con mayor facilidad las barreras biológicas de otros organismos y convertirse en una fuente de contaminación aún más difícil de detectar, remover y estudiar.
“Que hayamos encontrado esta capacidad de fragmentación en los cangrejos debe generar una alerta. Mientras más pequeñas sean las partículas de plástico, más capacidad de migrar, en el mismo organismo, a otros tejidos. Además, si esos fragmentos son excretados, significa que esos plásticos mucho más pequeños van a llegar de nuevo al ambiente y a otros organismos. Esto implica que hay un riesgo mucho mayor para los ecosistemas”, afirma la bióloga Zapata.
Lo que el manglar devuelve
Las raíces de los manglares amortiguan el oleaje, estabilizan la línea costera, almacenan grandes cantidades de carbono y sirven de refugio, alimentación y reproducción para peces, crustáceos, moluscos y aves. También funcionan como un filtro natural: retienen sedimentos y buena parte de los materiales que arrastran las corrientes antes de que lleguen al mar abierto. Esa capacidad, fundamental para el equilibrio de los ecosistemas costeros, también los convierte en trampas para los residuos plásticos.
En ese entramado de raíces, el cangrejo violinista continúa haciendo lo mismo que ha hecho durante miles de años: remover el lodo para alimentarse. El problema es lo que ahora encuentra en el lodo. Al fragmentar los microplásticos, los cangrejos no eliminan la contaminación, sino que revelan cómo los residuos ahora forman parte de los procesos ecológicos de un ecosistema esencial para la vida en el Caribe.
Para Daniela Díaz, quien creció en Turbo y participó en la investigación siendo estudiante, esa es la verdadera revelación de la investigación: reconocer que los residuos que terminan en el manglar no desaparecen. Se transforman, circulan y continúan su recorrido por la red de vida que sostiene el golfo.

Turbo es un municipio de Urabá que está en el golfo y muchas de sus casas están construidas sobre el agua. Foto: cortesía José Riascos
«El cangrejo violinista forma parte de una cadena trófica. De él se alimentan aves y peces, y Turbo es una zona pesquera. Entonces, así como esto está pasando con el cangrejo violinista, es muy probable que esté ocurriendo con otras especies importantes dentro de la cadena trófica. Si nosotros tiramos la basura, esa basura va a regresar a nuestros platos», reflexiona.
Mientras el río Atrato sigue llevando sedimentos al mar Caribe, los manglares continúan cumpliendo su papel de proteger la costa y sostener la biodiversidad. También siguen atrapando la contaminación humana. El plástico ya no es un elemento extraño entre estas raíces, forma parte de una historia que apenas empieza a entenderse y cuyas consecuencias podrían extenderse mucho más allá del lodo donde caminan los cangrejos violinistas.
Imagen superior: los cangrejos violinistas crecen entre los restos de lodo que se forma después de que el río Atrato llega a su desembocadura en el golfo de Urabá. Foto: cortesía José Riascos
REFERENCIA
Riascos, J. M., Díaz, D., Zapata-Restrepo, L. M., & Galloway, T. S. (2025). Beyond abiotic decay: Fiddler crabs accelerate plastic fragmentation in pollution hotspots. Global Change Biology, 31(12), e70651. https://doi.org/10.1111/gcb.70651





