A finales de octubre, un hombre fue atacado por un hipopótamo y casi pierde el brazo. Sin embargo, no es el único caso de agresiones por parte de esta especie introducida por el narcotraficante Pablo Escobar, a en los ochenta. Hoy en día se estima que podría haber hasta 100 animales libres que ponen en riesgo a los habitantes del Magdalena medio. Así es el negocio de la venta ilegal de crías de hipopótamos. Las autoridades nacionales y regionales tienen una gran deuda en detener este problema.
Diana María Pachón / Mongabay Latam
El 31 de octubre de 2021, día de Halloween, John Aristides Saldarriaga, o ‘Chispún’, como es conocido en Doradal (Antioquia), sintió detrás de él la muerte en forma de hipopótamo y de unas dos toneladas de peso.
Dice que estaba pescando en el lago de la vereda Las Brisas junto a dos amigos. No era la primera vez que pescaba allí a pesar de la presencia de la peligrosa especie. Su filosofía era: “ni tú me molestas, ni yo te molesto”, y con ese pensamiento lanzaba la caña y en pocos lances, según él, capturaba tilapias, bocachicos y tucunarés para venderlos en el pueblo.
El día del ataque no vio en las aguas al animal. Pensó que se había marchado a otro lago, y con esa seguridad se acercó a la orilla, solo, sin sus amigos. Lanzó el nylon y esperó un rato. De repente, a pocos centímetros de sus pies emergió el hipopótamo. Apenas vio esa mole tan cerca y agresiva tiró la caña de pescar y, como alma que lleva el diablo, empezó a correr por los pastizales cenagosos y a rezar para no ser presa de las fauces de la bestia monumental.
El pesado cuerpo del hipopótamo, capaz de correr a unos 40 kilómetros por hora, emitía un pum, pum, pum asustador con sus pisadas, un sonido similar a los latidos del corazón —como describen todos aquellos que han tenido el infortunio de huir de esos animales—. Saldarriaga, ya exhausto, pero sin dejar de correr, giró el rostro para ver la distancia entre el hipopótamo y él. Por no estar pendiente de su camino dio un traspié y cayó.



























